Tres décadas y media son mucho tiempo para cualquier banda. Pero cuando hablamos de Rancid, no es solo una cuestión de años, sino de constancia, de lealtad a un sonido y de un legado que sigue tan vital como el primer día. El 2026 marca el 35º aniversario de la banda que, junto a unos pocos nombres, definió el sonido punk de los 90 y se negó a dejar de resonar.
Todo empezó en Berkeley, California, en la efervescente escena del club 924 Gilman Street, donde la disolución de la seminal banda ska-punk Operation Ivy dejó un vacío. De esa ceniza, los amigos de la infancia Tim Armstrong y Matt Freeman, con el baterista Brett Reed, alumbraron a Rancid en 1991. Encontraron rápidamente su voz: cruda, sincera y cargada de la energía callejera que emanaba de Gilman. Su primer single en 1992 para Lookout! Records fue el disparo de salida.
El punto de inflexión llegó con Epitaph Records, el pequeño sello de Brett Gurewitz (Bad Religion). El álbum homónimo «Rancid» (1993) era una declaración de intenciones, pero fue la llegada del guitarrista Lars Frederiksen y el lanzamiento de «Let’s Go» (1994) lo que catapultó su carrera. La banda tocaba con una intensidad eléctrica y escribía himnos que eran a la vez personales y universales, crónicas de la vida en los márgenes con ganchos imposibles de olvidar.
La cumbre llegó en 1995. Con «…And Out Come the Wolves»*, Rancid grabó en la piedra su nombre entre las leyendas del punk. No era solo un disco; era un manifiesto sonoro, una colección de punk, ska y rocksteady perfecto, con himnos como «Ruby Soho», «Time Bomb» y «Roots Radicals» que se convirtieron en el soundtrack de una generación. El álbum no solo los consolidó, sino que demostró que el punk podía ser masivo sin perder su autenticidad.
Los siguientes 30 años no fueron de descanso, sino de persistencia. Desde «Life Won’t Wait» (1998) hasta su más reciente «Tomorrow Never Comes» (2023), la banda ha continuado grabando y girando, llevando su sonido a nuevos oídos sin olvidarse nunca de quienes los siguieron desde el principio. Han sido siete álbumes de estudio más, una testaruda reafirmación de que el punk no es una moda, sino una forma de vida.
¿Cuál es el secreto de su longevidad? Probablemente, una combinación imbatible: la química inquebrantable de su formación central (Armstrong, Freeman y Frederiksen, unidos desde 1993), la lealtad férrea a sus raíces y su público, y una capacidad única para escribir canciones que sienten como puños alzados y abrazos a la vez.
El 35º aniversario de Rancid no es solo un número. Es un recordatorio de que, en un mundo donde todo cambia a velocidad vertiginosa, algunos valores —la lealtad, la honestidad cruda y la furia melódica— permanecen. Sus canciones siguen sonando en garajes, en festivales y en las listas de reproducción de punks veteranos y nuevos. Tres décadas y media después, el legado de Rancid no es historia; sigue siendo noticia. Y como bien cantan, parece que para ellos, el mañana, efectivamente, nunca llega. El punk sigue en pie.


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